Refugiados Rohingya: los niños y niñas llegan más enfermos, más tarde y son más difíciles de salvar

En los extensos y superpoblados campamentos de refugiados de Cox’s Bazar, en Bangladesh, una crisis que pasa desapercibida está afectando gravemente a la generación más joven de refugiados rohingya. Los niños llegan a los centros médicos más tarde, más enfermos y con necesidades de salud física y psicológica complejas y superpuestas.

Nueve años después de huir de la violencia extrema en Myanmar, los niños y niñas representan más de la mitad de los 1.3 millones de refugiados rohingya que viven en condiciones de confinamiento indefinido. En estos campamentos, el financiamiento internacional se reduce y es inestable. Las familias luchan por obtener alimentos básicos, atención médica y educación, lo que pone en riesgo constante la supervivencia diaria de los más pequeños. 

Las secuelas se agravan para las familias en Cox’s Bazar

Atención médica a refugiados rohingya
En el hospital de MSF en Kutupalong, un equipo médico dirigido por la Dra. Dolores Echezarreta, médica pediatra argentina, brinda atención de emergencia a Aiyan Arfan, de 10 días de edad. El equipo trabaja en conjunto para estabilizar el estado de salud del bebé.

Más allá de las dificultades físicas, los niños y sus familias cargan con el pesado fardo psicológico de una vida en el limbo. Se encuentran atrapados por dinámicas políticas que no ofrecen soluciones significativas ni garantizan la seguridad y la dignidad a largo plazo.

En el Hospital de Kutupalong —el hospital más grande de MSF y principal centro de derivación para las personas en los campamentos rohingya—, los equipos médicos son testigos del impacto, en gran medida ignorado, de esta crisis. Lo que antes era un hospital que atendía enfermedades rutinarias y estacionales, se ha convertido en un centro de emergencias que atiende a niños que llegan en condiciones que ponen en peligro su vida. 

A medida que los puestos de atención primaria de salud reducen sus servicios debido a los drásticos recortes en el financiamiento internacional, los centros de referencia secundarios, como el Hospital de Kutupalong, se ven obligados a atender necesidades críticas que superan con creces su capacidad original.

Hoy en día, las enfermedades físicas graves, la desnutrición crónica y los trastornos agudos de salud mental se combinan. Esto agrava el estado de salud de los niños y niñas, y hace que sea mucho más difícil salvarlos. 

Niños y niñas deben ser ingresados varias veces en pediatría 

Pediatría en Cox's Bazar, Bangladesh
Señalización para los departamentos de pediatría y neonatología del Hospital Kutupalong de MSF. Incluye letreros de orientación que ayudan a los pacientes y visitantes a localizar los respectivos departamentos.

En la sala de pediatría del Hospital de Kutupalong, Yasmida, de 25 años, está sentada en una cama de hospital. Está sosteniendo a su hija de un año y medio, Halima Sadia. El pequeño cuerpo de Halima es frágil, agobiado por la desnutrición grave, la fiebre y las infecciones persistentes que la han dejado demasiado débil para sentarse o pararse por sí misma.

Yasmida huyó de Myanmar en 2017, sobreviviendo a un peligroso viaje de 15 días a través de montañas y ríos para llegar a Bangladesh. Hoy, viviendo en el campamento con una familia de siete miembros, su realidad cotidiana está marcada por los incesantes ciclos de enfermedad de su hija. A veces, esta enfermedad la lleva a ser hospitalizada varias veces en un solo mes. 

“Mi bebé lleva muchos días muy enferma. Desde que nació, hemos acudido a diversos hospitales y centros de salud dentro de los campamentos entre 10 y 12 veces, y la han ingresado cuatro veces en el hospital de MSF”, cuenta Yasmida. 

La experiencia de Yasmida al lidiar con emergencias de salud en medio de la noche refleja las graves barreras de seguridad y logísticas que enfrentan las familias rohingyas en los campamentos. «Una vez, a las 2:00 a.m., cuando mi esposo y yo nos dirigíamos al hospital con nuestra bebé enferma, nos topamos con un grupo de hombres. Golpearon a mi esposo y le robaron todo lo que tenía. Debido a estas situaciones, si la niña se enferma de noche, no podemos salir, y su salud empeora aún más por no recibir tratamiento a tiempo». 

Múltiples afecciones, menos fondos y más complicaciones para los refugiados Rohingya

Este retraso en buscar atención médica se repite en todos los campamentos. El Dr. Md. Nadim Shahariyar, subdirector del Hospital de Kutupalong, señala que la historia de Yasmida y Halima forma parte de una tendencia más amplia. «En los últimos años, hemos observado cambios significativos en las admisiones pediátricas en nuestro hospital. Una cosa que sabemos con certeza es que los pacientes llegan en un estado más crítico y con múltiples enfermedades al mismo tiempo», dice el Dr. Nadim.

«Anteriormente, los pacientes solían llegar con una sola enfermedad y se recuperaban bien. Sin embargo, recientemente, los niños llegan a nuestro hospital en una etapa más avanzada de su enfermedad, a menudo con múltiples afecciones y complicaciones. Esto hace que su manejo clínico sea mucho más difícil». 

El Dr. Nadim destaca cómo los drásticos recortes en la ayuda humanitaria han obligado a las familias rohingya a tomar decisiones difíciles a diario que retrasan directamente la atención médica: 

«Dentro de los campamentos, hemos observado una reducción significativa en los fondos. Como resultado, las familias luchan por satisfacer sus necesidades básicas diarias. Cuando los padres se ven obligados a priorizar la supervivencia diaria —como conseguir comida o garantizar la seguridad—, retrasan la búsqueda de atención hospitalaria para un niño enfermo hasta que se convierte en una emergencia que pone en riesgo la vida, lo que lleva a una afluencia de casos mucho más graves. Es particularmente difícil que un niño se recupere cuando su sistema inmunológico está comprometido, ya sea por desnutrición u otras enfermedades. La recuperación puede ser extremadamente difícil y, a pesar del tratamiento, los resultados no siempre son exitosos. La desnutrición actúa como un amplificador invisible, convirtiendo infecciones infantiles tratables en emergencias que ponen en riesgo la vida».

Un punto de inflexión para el bienestar de los adolescentes 

Salud mental
Mohammad Kaiser, Taslima y Jannatul Ferdous juegan juntos en el área de juegos para niños del Departamento de Salud Mental. Hospital de Kutupalong de MSF.

Más allá de las enfermedades físicas, una crisis de salud mental está teniendo un impacto devastador en los jóvenes dentro de la comunidad Rohingya. El estrés crónico, la pobreza extrema, la falta de oportunidades educativas y la exposición a conflictos familiares están provocando un fuerte aumento en el malestar de los adolescentes.

Beauty, de trece años, y Jasmine, de catorce, llegaron a un punto de quiebre dentro de sus refugios superpoblados. Esto las llevó a intentar suicidarse antes de recibir atención psiquiátrica y asesoramiento en Shantikhana de MSF, una sala de asesoramiento en salud mental y un espacio seguro dentro del centro. 

«La vida en el campamento es difícil para las personas de nuestra edad», explica Jasmine, al compartir cómo las dificultades sistémicas exacerban la tensión en casa. «Las condiciones de vida aquí no son buenas. Muchas personas viven hacinadas en pequeños refugios, y las familias apenas tienen ingresos, lo que causa mucha angustia. En general, la vida aquí es apenas soportable. Si tan solo el ambiente en el campamento fuera mejor, tal vez nos sentiríamos mejor». 

Salud mental a pacientes rohingya
Fatema Jinnat Laboni, trabajadora social del Departamento de Salud Mental de MSF en el Hospital de Kutupalong, concluye una sesión de apoyo psicosocial con Beauty Akter. La sesión forma parte de la atención de salud mental que el departamento brinda de manera continua a los pacientes del campamento.

Cifras alarmantes reflejan la crisis de salud mental en la comunidad Rohingya

Las dolorosas experiencias de Beauty y Jasmine reflejan las alarmantes tendencias de ingresos registradas en el Hospital de Kutupalong. Los datos del centro entre 2023 y 2025 revelan que los menores de 18 años representaron el 27 % (160 de 586) de todos los intentos de suicidio registrados. Esto significa que uno de cada cuatro intentos fue cometido por un niño o una niña.

Durante el mismo período, el 81 % de estos intentos de suicidio pediátricos se atribuyeron directamente a la violencia familiar, agravada por el hacinamiento extremo y el estrés diario implacable en los campamentos rohingya. Esta crisis está creciendo rápidamente: la proporción de niños menores de 15 años que buscan apoyo en salud mental de MSF pasó del 9,7 % (131 casos) en 2021 al 29,4 % (232 casos) en 2025. 

Los equipos de MSF han observado que tanto el número de pacientes con problemas de salud mental como la gravedad de sus afecciones han aumentado significativamente en comparación con hace cinco años. Las causas fundamentales de los intentos de suicidio se derivan de una asistencia humanitaria inadecuada, la falta de libertad de movimiento y una pérdida generalizada de esperanza tras casi nueve años de desplazamiento.

Más allá de la respuesta de emergencia: un llamado urgente a soluciones sistémicas 

Mina Bala está sentada junto a su hija de dos meses, Misti Foti, en el hospital de MSF en Kutupalong. La bebé ingresó hace cuatro días con dificultad respiratoria grave y ahora se está recuperando bien bajo el cuidado del equipo médico.

Los hallazgos del Hospital de Kutupalong demuestran que las enfermedades pediátricas y el aumento de los problemas de salud mental infantil no son cuestiones médicas aisladas. Son indicadores de una emergencia más amplia en materia de protección y salud pública.

La reducción de los fondos en todos los campamentos ha paralizado la atención médica primaria. Además, ha puesto en riesgo los programas de nutrición y ha deteriorado las condiciones básicas de vida para la población rohingya. Esto ha obligado a centros de atención secundaria como el Hospital de Kutupalong a absorber necesidades críticas que van mucho más allá de su diseño original. 

Un niño desnutrido con neumonía, un joven en estado de angustia psicológica aguda o un paciente cuya afección crónica ya no está controlada, pueden parecer emergencias médicas aisladas. Pero, en conjunto, revelan las devastadoras consecuencias para la salud de un sistema que se va reduciendo constantemente en torno a una población confinada. 

La intervención médica de emergencia no puede sustituir a la responsabilidad política. Los actores humanitarios y de salud, junto con las partes interesadas internacionales, deben mantener una respuesta humanitaria adecuada. Deben asegurar el refuerzo de la alimentación básica, la atención médica y la protección mientras se busca una solución política duradera. 

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