De Ruanda a Zaire: atrapados en una espiral de violencia extrema

Refugiados ruandeses en la frontera entre Burundi y Ruanda, 3 de abril de 1994.
Xavier Lassalle/MSF

25 años después del genocidio de Ruanda, Médicos Sin Fronteras (MSF) relata cómo presenció los asesinatos en masa y reaccionó a una situación sin precedentes.

Entre 1994 y 1997, nuestros compañeros que actuaban en la región de los Grandes Lagos se tuvieron que enfrentar con una sucesión de situaciones sin precedentes. Cuando se desencadenó el genocidio, nuestros trabajadores vieron las primeras ejecuciones. Entre medio millón y 800.000 tutsis y hutus opuestos a la matanza fueron ejecutados en apenas 100 días. Casi 250 colegas ruandeses fueron asesinados, algunos de ellos frente a sus compañeros.

Frente al genocidio y los asesinatos en masa, ¿cómo reaccionaron nuestros equipos? Pidieron una intervención armada, condenaron una situación inaceptable, se negaron a seguir actuando en campos donde se estaba robando la ayuda, y afrontaron los riesgos que conllevaba ayudar a personas que estaban amenazadas de muerte.

Contexto

Médicos Sin Fronteras (MSF) empezamos a trabajar en Ruanda en 1982. En octubre de 1990, se inició la guerra civil y el Frente Patriótico Ruandés (FPR), basado en Uganda, entró en territorio ruandés desde el norte buscando derrocar al Gobierno presidido por Juvénal Habyarimana. En 1993, el Gobierno ruandés y representantes del FPR firmaron los Acuerdos de Arusha (Tanzania), que nunca llegaron a hacerse efectivos. El 6 de abril de 1994, el avión en el que viajaba el presidente Habyarimana fue abatido cuando se disponía a aterrizar en Kigali.

Médicos Sin Fronteras, atrapada en el genocidio

A partir del 7 de abril, los equipos de nuestra organización fueron testigos de la violencia sufrida por la población y, cuando pretendieron ayudar a sus vecinos, los milicianos los amenazaron y ordenaron a los tutsis que se entregaran. Nuestros trabajadores intentaron abandonar el país, pero el Ejército ruandés se negó a dejar salir al personal tutsi y los obligó a volver. Nuestras instalaciones fueron saqueadas y el personal fue dividido por grupos étnicos. Pasó lo mismo en el campo de refugiados burundeses en Butare (en el sur de Ruanda), donde soldados y milicianos obligaron, bajo amenaza de muerte, a nuestros trabajadores hutus a ejecutar a sus compañeros tutsis.

Nuestros equipos fueron evacuados por vía aérea el 11 de abril, pero, unos días después, un grupo de miembros experimentados aterrizó en Kigali procedente de Burundi y tomó la decisión de abrir un hospital de campaña bajo la coordinación del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).

La operación humanitaria consistió básicamente en el transporte al hospital de pacientes que requerían cirugía y en ofrecer tratamiento médico allá donde los refugiados buscaban protección. Pero esos lugares –orfanatos, escuelas e instituciones religiosas– eran visitados con regularidad por las fuerzas que perpetraban el genocidio, que asesinaban a los sanos y remataban a los heridos. Los equipos continuaron tratando a los heridos y haciendo lo que podían para coger a cientos de personas en el interior del hospital, que estaba rodeado por una máquina genocida.  

Rompiendo el silencio

EL CICR condenó la “matanza sistemática”, pero no usó el término “genocidio”. En MSF, primero lo usamos en discusiones internas, pero finalmente se habló explícitamente de genocidio tras las masacres de Butare a finales de abril. MSF denunciábamos “el genocidio” en algunas de nuestras comunicaciones, pero había una cuestión de gran importancia que creaba mucha inquietud en el seno de nuestra organización: ¿era deseable una intervención de la comunidad internacional? ¿Qué se conseguiría con ella? La preocupación prioritaria de nuestros equipos era rescatar a los tutsis y a los que se oponían a las matanzas que aún pudieran ser salvados.

En Médicos Sin Fronteras decididimos hacer más para que se oyera su voz.

Primero criticó al Gobierno de Francia en un canal francés de gran audiencia, pero las autoridades de aquel país no estaban dispuestas a presionar a sus aliados ruandeses para poner fin a la masacre. Hicimos también, a través de un artículo en el New York Times, un llamamiento para que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas interviniera, pero encontró la misma respuesta vacía.

Tras un mes de manifiestos públicos sin respuesta, MSF decidimos organizar una rueda de prensa para provocar la intervención de Naciones Unidas. La organización fue rotunda en su demanda de despliegue de tropas internacionales en Ruanda, porque “no se puede detener un genocidio con médicos”. El 18 de junio de 1994, Francia lanzó, con apoyo senegalés, la Operación Turquesa. El Gobierno interino formado tras la muerte de Habyarimana fue depuesto, pero la intervención militar francesa dio a los perpetradores del genocidio la oportunidad de huir libremente al vecino Zaire y tomar el control de los campos de refugiados.

Campos en Zaire

En julio de 1994, cientos de miles de personas empezaron a huir de Ruanda por miedo a las represalias. Aunque tres cuartas partes de los refugiados eran mujeres y niños, entre ellos estaban los responsables del genocidio y sus autores materiales, algunos de los cuales iban fuertemente armados. Una vez llegaron a Zaire, los refugiados se agruparon junto a la frontera, alrededor de ciudades como Goma, Bukavu y Katale.

La situación era catastrófica. Epidemias de cólera, disentería y meningitis iban diezmando a los refugiados y casi 50.000 murieron en el primer mes. La ayuda humanitaria provocó interrogantes, ya que la asistencia no estaba llegando a los más necesitados y MSF nos vimos apoyando involuntariamente a un sistema militarizado orquestado por los perpetradores del genocidio. ¿Debía continuar su intervención? Algunos de nuestros equipos empezaron a retirarse de los campos zaireños en noviembre de 1994 y el resto acabaron saliendo en los meses siguientes.

Caza y matanza de los refugiados

Los campos sirvieron como base de retaguardia para que los soldados y milicianos genocidas se reagruparan y lanzaran ataques mortíferos contra población civil en Ruanda. Al mismo tiempo, la Alianza de Fuerzas Democráticas para la Liberación de Congo-Zaire (AFDL) se formó bajo el liderazgo de Laurent-Desiré Kabila. Este grupo unió fuerzas con el FPR ruandés para lanzar la conquista del este de Zaire.

Hacia octubre de 1996, la rebelión ya controlaba parte de la región y daba apoyo a los Ejércitos de Ruanda y Burundi atacando los campos de refugiados en Goma, Bukavu y Uvira. La milicia rebelde congolesa consideraba a los refugiados como enemigos. A inicios de 1997, grupos de hombres armados no solo empezaron a asesinar de forma masiva a los refugiados que huían al interior de Zaire, sino que también usaron a las organizaciones humanitarias como cebo para atraerlos y hacer de ellos presa fácil. Se calcula que cerca 200.000 personas murieron durante esa cacería.

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